Si tan solo quisiera escuchar, atendería. Si quisiera aprender, conocer, escucharía. Escuchar las palabras, los silencios, los errores, los aciertos, el significado de los gestos, de las indecisiones, de los sinsentidos, de las convicciones. Vería toda su realidad, la viviría sin experimentarla toda, pero aún así la sentiría de un modo más profundo que ahora, más vívida. Tal vez le llevase a pozos de desánimo o desajuste tal complejidad, pero merecería la pena el esfuerzo si al final hubiese contemplado su recorrido y hubiese dejado una pequeña huella, marcada por el superfluo contenido que aposenta en el papel, lleno de tinta; pues todo continúa, y quien dijo una vez una idea, puede cambiar, y si regresa a ella otro apremiante de la escucha, de la curiosidad, puede recuperarla y hacerla florecer adaptándola a su vida. Un día es una mancha; otro, un concepto con el germen de una revolución, con otro nombre. Pero primero empieza así: escucha, aprende, pasa el timón a las si...
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La autenticidad
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Ser coherente con los propios valores es una tarea peliaguda que conlleva evitar excusas ante encargos a realizar por esa idea del "yo verdadero". Incluso es necesario lidiar entre valores y momentos que ponen al sujeto en una situación incómoda, de indecisión. Normalmente esta escena ocurre cuando se quiere pertenecer a un grupo con el que se está de acuerdo en ideas y a la vez quiere mantenerse la integridad. También sucede con el propósito de la vida. A veces hay ataduras impuestas voluntariamente porque forman parte de esos hábitos que llevan a cumplir los valores en que se cree. Sin embargo, otras veces frenan a la hora de decidir el propósito: Me ato a la familia, amigos, costumbres o rutinas que tengo aquí y no salgo afuera a explorar. No quiero apartarme de esto porque lo valoro pero también considero importante la exploración y la búsqueda de la verdad, el auto conocimiento a través de las experiencias. Se contraponen las situacion...
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Movimiento sigiloso, de la esperanza paciente. Delicado, fuerte. Flexible, rígido. En constante espera dinámica. Todo se mueve, nada parece cambiar. Uno tras otro apacigua la mente. La cadena de intentos fallidos hace caer la tinta del tintero del sueño. La pluma continúa escribiendo, la mano efectúa el movimiento sigiloso, espera alcanzar una satisfacción inherente a la actividad, una que no parece existir. Luego retrocede la mirada sobre las palabras, sonríe el rostro, de realización, no entusiasmo, y acepta el hecho. ¿Qué más hace falta para satisfacer dicho deseo? Se busca, se escapa. No se encuentra. Aparece, desaparece constantemente. Siempre escribiendo. Siempre buscando esa sensación efímera. Siempre un movimiento sigiloso, un movimiento constante, una dinámica reflexiva en medio de una aparente búsqueda de una esperanza inexistente y una gratificación en la aventura de las palabras.
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Los peldaños parecían aumentar a medida que llegaba arriba. Uno, y otro, y otro más. Era interminable. La gota de sudor, tímida, pero implacable, recorría mi rostro a pesar de mi sombrero, ¡y yo que pensaba que me serviría de algo! ¡qué ingenuo! Uno, y otro, y otro. ¡Por fin! -exclamé- ¡el último!- Sin embargo, mi pie cedió. Parecía no querer avanzar, como si una fuerza le impidiera ascender hasta alcanzar el desafío final. Miré hacia abajo. Luego a un lado. Observé todo el trayecto recorrido desde el primer piso; después, el ascensor estropeado. Era el portal diez, piso undécimo. Si no fuera una emergencia ni habría ido. Ahí me tenías, enfrentándome al deseo de querer llegar al final, o renunciar por creer que hay un objetivo más satisfactorio. ¿Qué pasaría si mi pie se colocase en el último escalón y llamase, después de suspirar fuerte para obtener el ánimo perdido, y me dijeran que la em...
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¿Son nuestras convicciones guiadas por los sentimientos o por la razón? En la obra Medea de Eurípides, como en Abel Sánchez de Unamuno, se presenta a los personajes con unas convicciones interiores marcadas fuertemente por una causa por la que luchan tanto Medea como Joaquín así como, en menor medida, Jasón y Abel. Los personajes parecen predestinados: Por un lado, Medea es el personaje vivo de la expresión pasional, del deseo y por lo tanto, se contrarrestará con el personaje racional que presenta Jasón. En cambio, Joaquín está determinado por la historia de Caín y Abel, identificándose con el primero, con una carencia o infravaloración y, de esta forma, en un principio Abel ...
The light cannot dissapear, only diminish
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La rutina nos hace olvidar, ser inconscientes. Podemos dejar que nuestro potencial disminuya con la repetición y el aburrimiento de vivir pero, al final, nos romperemos si no aspiramos a ser nuestra mejor versión de nosotros mismos, si no seguimos nuestro camino. Nos daremos cuenta de que nuestro potencial, nuestra luz, nunca había desaparecido. Nos percataremos de que ha permanecido siempre, incluso cuando la dábamos por perdida. Basta encontrarla para descubrir la riqueza que se halla en el ser humano y cómo, gracias a estos duros momentos, relucimos después con fuerza para mejorar el mundo aceptándonos, queriéndonos a nosotros mismos y ofreciendo a los demás un mundo donde la felicidad compartida prima y donde la realidad se mejora por sí sola con nuestra consciencia de un mundo mejor y nuestros pensamientos y acciones.
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Quiero descubrir qué me hace brincar de la cama cada mañana, qué me hace sonreír, qué me hace sentir que estoy viva y qué me permite recordar la importancia de vivir despiertos. Quiero explorar sensaciones distintas, movimientos inesperados, palabras pronunciadas, escritas y silenciadas, frases inacabadas, viajes improvisados, lugares ocultos, paisajes exóticos, costumbres ajenas, olores refinados, sabores deliciosos, tejidos suaves, pinturas entrañables, gestos solidarios, sonrisas humildes, alegrías explosivas, llantos satisfactorios, bostezos aburridos, colores mezclados, lenguas extranjeras, libros viejos... Quiero explorar más allá de lo que mi mente me hace creer que existe y descubrir todo aquello que sobrepasa mis pensamientos, mis sueños, hasta llegar al día en que una lágrima de alegría recorra mi rostro y mi último pensamiento sea: "¡Qué día más maravilloso! ¡Mañana otro!"
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Parecía estúpida la situación. No estaba más que con los ojos cerrados y pensando qué hacer tras un día de total abatimiento. Los acordes de guitarra llegaban hasta mi tímpano por medio de los auriculares pero la melodía me era tan lejana como la idea que la letra transmitía. Sólo quería descansar de este solitario mundo en que había nacido y, sin embargo, no era posible alejarme de una sociedad cansada y juiciosa. Sí, es cierto, no era ni es siempre así, pero hasta los soñadores en algún momento se vuelven escépticos para poder volver a soñar. Mi cabeza, apoyada contra la pared, mi cuerpo sentado en la cama, no indicaba más que el agotamiento del día. Sabía perfectamente que debía luchar; en ocasiones resultaba inevitable pensar ¿para qué? Sabía, en cambio, que hallaría la respuesta más adelante y que el desánimo por esta incertidumbre se desvanecería: por el momento solo dejaría establecerse en mí la paciencia y el lento avance de la transformación de esta estúpida situación a una s...