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Mostrando las entradas etiquetadas como Historia
   Si tan solo quisiera escuchar, atendería. Si quisiera aprender, conocer, escucharía. Escuchar las palabras, los silencios, los errores, los aciertos, el significado de los gestos, de las indecisiones, de los sinsentidos, de las convicciones. Vería toda su realidad, la viviría sin experimentarla toda, pero aún así la sentiría de un modo más profundo que ahora, más vívida. Tal vez le llevase a pozos de desánimo o desajuste tal complejidad, pero merecería la pena el esfuerzo si al final hubiese contemplado su recorrido y hubiese dejado una pequeña huella, marcada por el superfluo contenido que aposenta en el papel, lleno de tinta; pues todo continúa, y quien dijo una vez una idea, puede cambiar, y si regresa a ella otro apremiante de la escucha, de la curiosidad, puede recuperarla y hacerla florecer adaptándola a su vida. Un día es una mancha; otro, un concepto con el germen de una revolución, con otro nombre. Pero primero empieza así: escucha, aprende, pasa el timón a las si...
       Era tarde, pero apenas marcaban las once. No lo aguantaba más. No podía esperar más. El tintineo constante del reloj de aguja marcaba el compás de su acelerado corazón, movido por la idea que apedreaba su cabeza: vete- susurraba- no vuelvas, y no mires atrás, sino adelante. Duerme.                     Así concluía, después el reloj desaparecía de su mente pero las agujas señalaban el número doce y acompasaban el pensamiento precedente al dulce sueño del cansancio acumulado, acumulado por interés en producir enérgicamente los efectos de su pasión, pasión que recordaría al cerrar los ojos para relajarse al son de las doce y cinco... con una sonrisa en la oscuridad. El pulso descendía; la respiración, en profunda, se convertía; y el sueño acrecentaba. Su cabeza y corazón se pusieron de acuerdo: le dejaron dormir, le permitieron soñar; y, el reloj, se disolvería en segundos en la dimensión de la imaginaci...
          A veces me encuentro en los demás; otras, descubro mi "yo" a solas, y en muchas otras ocasiones me pierdo. En mi mente, me alejo de la realidad y se me olvida que las emociones afectan: permiten vivir apasionadamente la vida, pero también alejarse de la realidad cuando menos conviene. "¡Qué estúpido todo esto!" me digo a mí misma y, sin embargo, cuánto efecto tienen en la percepción de la realidad, la vida y su significado, de nosotros mismos; y cómo nos hace recobrar la conciencia sobre nuestra existencia para vivir la propia vida intensamente de nuevo con perspectivas diferentes, aprendidas del exceso de emociones, o de la carencia de ellas.
         Miraba la gente. Uno iba con el paraguas en mano, el otro con él desplegado por las goteras de los tejados y los árboles, otro se las apañaba con una capucha, y otros buscaban cobijarse bajo los porches. La lluvia no dejaba indiferente a nadie; ni a quien la odiase, ni a quien cerrara los ojos para sentirla o quien, con los mismos ojos abiertos, sonriera hacia el cielo y se empapase de alegría.               Algunas zapatillas y zapatos sonarían con las pisadas en determinados suelos secos; algunos intentarían ser discretos en su presencia, otros, tratarían de llegar a tiempo a sus quehaceres, tan rápido que sus pasos seguirían el compás del chirrido. Nadie quedaría fuera, nadie sería una excepción.              Incluso aquellos que iban en un coche, bus, o como aquí, en Pamplona, en villavesa, tendrían el máximo cuidado con sus pertenencias. Todo está a merced de la humedad. U...
            No conciliaba el sueño. Simplemente no podía, y no lo soportaba en ocasiones; en otras, disfrutaba de la soledad de la noche. Miraba al techo y hablaba en voz alta sola. Por suerte para ella, su mascota la acompañaba en su vigilia, aunque había veces que lo hacía sin estar ella presente. Cuando eso sucedía se reía un rato, no podía evitar sonreír con la simpleza y el surrealismo de aquella escena. Todos los recuerdos se agolpaban, tanto buenos como malos, e iban a su mente como trozos de películas cortadas. Después se acordaba de aquello que debía hacer. Y, ya que no podía dejar de hacer nada, y que no iba a estar más que mirando al techo, se decía a sí misma: “¿por qué no?” se levantaba e iba al estudio, y comenzaba sus tareas hasta que la noche se convirtió en una fuente de ideas, y el día en un momento de ajetreo que para ella sería el descanso de un buen trabajo y para los demás un comienzo de inacabados recuerdos.
         Subió al tren. Se sentó, y miró su reloj: las doce del mediodía. Ni un minuto más, ni uno menos. Suspiró. Miró por la ventana. Miró hacia el pasillo; hacia sus parientes despidiéndose con la mano tras el cristal. Colocó su maletín, antes sobre sus piernas, debajo de su asiento, junto a su pie derecho, contra la pared. Volvió la vista al frente, aún no se había acomodado ningún viajero con el que pudiera tener una conversación interesante. Mejor así, creyó. Miró hacia arriba. Había compartimentos donde dejar el equipaje. Él, que solo llevaba su maletín no se preocupó, pero pensó que le hubiese venido bien traer un poco más de vestimenta, ya para la próxima vez. Sí, estaba ansioso. Su mente no paraba de tener pensamientos de duda, incluso de las más nimias tareas. Por eso miraba a todos lados, y no observaba nada con discernimiento. No podía relajarse. Sabía que no tenía sentido. Aprovechó su compañía fantasmagórica para abrir su maletín sobre la mesa y ...
        Los peldaños parecían aumentar a medida que llegaba arriba. Uno, y otro, y otro más. Era interminable. La gota de sudor, tímida, pero implacable, recorría mi rostro a pesar de mi sombrero, ¡y yo que pensaba que me serviría de algo! ¡qué ingenuo!          Uno, y otro, y otro. ¡Por fin! -exclamé- ¡el último!- Sin embargo, mi pie cedió. Parecía no querer avanzar, como si una fuerza le impidiera ascender hasta alcanzar el desafío final. Miré hacia abajo. Luego a un lado. Observé todo el trayecto recorrido desde el primer piso; después, el ascensor estropeado. Era el portal diez, piso undécimo. Si no fuera una emergencia ni habría ido.        Ahí me tenías, enfrentándome al deseo de querer llegar al final, o renunciar por creer que hay un objetivo más satisfactorio. ¿Qué pasaría si mi pie se colocase en el último escalón y llamase, después de suspirar fuerte para obtener el ánimo perdido, y me dijeran que la em...
          Las teclas del piano sonaban; más fuerte, más suave, más estrepitoso, más melódico, mejor, peor: esa es otra cuestión. Dependía mucho de cómo se sintiera aquella mente inquieta, lejana de la realidad más palpable.                 El pentagrama mostraba cada silencio, sonido y duración que se debía emitir y, aún así, este pequeño autodidacta, tan perfeccionista, no podía evitar enfadarse consigo mismo.          Se preguntaba si realmente era aquel el sueño por el que merecía la pena vivir o morir. Le parecía como si hubiese regresado una tribu y, con los tambores, ofrecieran un sacrificio a la perfección buscada y perdida de esa melodía.  «¡Lo dejo!» exclamó. Se levantó y, ante el mismo pensamiento de fracaso, se sentó de nuevo.          Si lo intentaba, el perfeccionismo le hacía dudar de su corrección y, si no lo intentaba, lo juzgaba, o más bien ...