No conciliaba el sueño.
Simplemente no podía, y no lo soportaba en ocasiones; en otras, disfrutaba de
la soledad de la noche. Miraba al techo y hablaba en voz alta sola. Por suerte
para ella, su mascota la acompañaba en su vigilia, aunque había veces que lo
hacía sin estar ella presente. Cuando eso sucedía se reía un rato, no podía
evitar sonreír con la simpleza y el surrealismo de aquella escena. Todos los
recuerdos se agolpaban, tanto buenos como malos, e iban a su mente como trozos
de películas cortadas. Después se acordaba de aquello que debía hacer. Y, ya
que no podía dejar de hacer nada, y que no iba a estar más que mirando al
techo, se decía a sí misma: “¿por qué no?” se levantaba e iba al estudio, y
comenzaba sus tareas hasta que la noche se convirtió en una fuente de ideas, y
el día en un momento de ajetreo que para ella sería el descanso de un buen
trabajo y para los demás un comienzo de inacabados recuerdos.
The light cannot dissapear, only diminish
La rutina nos hace olvidar, ser inconscientes. Podemos dejar que nuestro potencial disminuya con la repetición y el aburrimiento de vivir pero, al final, nos romperemos si no aspiramos a ser nuestra mejor versión de nosotros mismos, si no seguimos nuestro camino. Nos daremos cuenta de que nuestro potencial, nuestra luz, nunca había desaparecido. Nos percataremos de que ha permanecido siempre, incluso cuando la dábamos por perdida. Basta encontrarla para descubrir la riqueza que se halla en el ser humano y cómo, gracias a estos duros momentos, relucimos después con fuerza para mejorar el mundo aceptándonos, queriéndonos a nosotros mismos y ofreciendo a los demás un mundo donde la felicidad compartida prima y donde la realidad se mejora por sí sola con nuestra consciencia de un mundo mejor y nuestros pensamientos y acciones.
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