No conciliaba el sueño.
Simplemente no podía, y no lo soportaba en ocasiones; en otras, disfrutaba de
la soledad de la noche. Miraba al techo y hablaba en voz alta sola. Por suerte
para ella, su mascota la acompañaba en su vigilia, aunque había veces que lo
hacía sin estar ella presente. Cuando eso sucedía se reía un rato, no podía
evitar sonreír con la simpleza y el surrealismo de aquella escena. Todos los
recuerdos se agolpaban, tanto buenos como malos, e iban a su mente como trozos
de películas cortadas. Después se acordaba de aquello que debía hacer. Y, ya
que no podía dejar de hacer nada, y que no iba a estar más que mirando al
techo, se decía a sí misma: “¿por qué no?” se levantaba e iba al estudio, y
comenzaba sus tareas hasta que la noche se convirtió en una fuente de ideas, y
el día en un momento de ajetreo que para ella sería el descanso de un buen
trabajo y para los demás un comienzo de inacabados recuerdos.
¿Soporta la mente humana el caos? Nos encontramos en movimiento constante y ni somos conscientes del cambio. Nos gusta la estabilidad y la rebelión; aceptamos o negamos, en ocasiones, una realidad según nuestra concepción de la misma; tratamos de mejorar, y a veces volvemos atrás. Cuanto más nos conocemos, más conscientes somos de nuestro desconocimiento. Sí, somos complejos, ¿pero, dentro de nuestra complejidad, seríamos capaces de soportar el caos? ¿O nos destruiría? ¿Nos haría más fuertes? ¿Por qué entendemos que debe existir “un caos” y un “orden”? ¿Qué nos hace desear ese caos y orden al mismo tiempo incluso que prevalece, a veces, según individuos, uno sobre otro?
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