Parecía estúpida la situación. No
estaba más que con los ojos cerrados y pensando qué hacer tras un día de total
abatimiento. Los acordes de guitarra llegaban hasta mi tímpano por medio de los
auriculares pero la melodía me era tan lejana como la idea que la letra
transmitía. Sólo quería descansar de este solitario mundo en que había nacido y,
sin embargo, no era posible alejarme de una sociedad cansada y juiciosa. Sí, es
cierto, no era ni es siempre así, pero hasta los soñadores en algún momento se
vuelven escépticos para poder volver a soñar. Mi cabeza, apoyada contra la
pared, mi cuerpo sentado en la cama, no indicaba más que el agotamiento del
día. Sabía perfectamente que debía luchar; en ocasiones resultaba inevitable
pensar ¿para qué? Sabía, en cambio, que hallaría la respuesta más adelante y
que el desánimo por esta incertidumbre se desvanecería: por el momento solo
dejaría establecerse en mí la paciencia y el lento avance de la transformación
de esta estúpida situación a una significativa, a una memoria que en un futuro
recordaría como otra experiencia más para conocerme mí misma y aspirar a ser
mejor.
¿Soporta la mente humana el caos? Nos encontramos en movimiento constante y ni somos conscientes del cambio. Nos gusta la estabilidad y la rebelión; aceptamos o negamos, en ocasiones, una realidad según nuestra concepción de la misma; tratamos de mejorar, y a veces volvemos atrás. Cuanto más nos conocemos, más conscientes somos de nuestro desconocimiento. Sí, somos complejos, ¿pero, dentro de nuestra complejidad, seríamos capaces de soportar el caos? ¿O nos destruiría? ¿Nos haría más fuertes? ¿Por qué entendemos que debe existir “un caos” y un “orden”? ¿Qué nos hace desear ese caos y orden al mismo tiempo incluso que prevalece, a veces, según individuos, uno sobre otro?
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