Parecía estúpida la situación. No
estaba más que con los ojos cerrados y pensando qué hacer tras un día de total
abatimiento. Los acordes de guitarra llegaban hasta mi tímpano por medio de los
auriculares pero la melodía me era tan lejana como la idea que la letra
transmitía. Sólo quería descansar de este solitario mundo en que había nacido y,
sin embargo, no era posible alejarme de una sociedad cansada y juiciosa. Sí, es
cierto, no era ni es siempre así, pero hasta los soñadores en algún momento se
vuelven escépticos para poder volver a soñar. Mi cabeza, apoyada contra la
pared, mi cuerpo sentado en la cama, no indicaba más que el agotamiento del
día. Sabía perfectamente que debía luchar; en ocasiones resultaba inevitable
pensar ¿para qué? Sabía, en cambio, que hallaría la respuesta más adelante y
que el desánimo por esta incertidumbre se desvanecería: por el momento solo
dejaría establecerse en mí la paciencia y el lento avance de la transformación
de esta estúpida situación a una significativa, a una memoria que en un futuro
recordaría como otra experiencia más para conocerme mí misma y aspirar a ser
mejor.
The light cannot dissapear, only diminish
La rutina nos hace olvidar, ser inconscientes. Podemos dejar que nuestro potencial disminuya con la repetición y el aburrimiento de vivir pero, al final, nos romperemos si no aspiramos a ser nuestra mejor versión de nosotros mismos, si no seguimos nuestro camino. Nos daremos cuenta de que nuestro potencial, nuestra luz, nunca había desaparecido. Nos percataremos de que ha permanecido siempre, incluso cuando la dábamos por perdida. Basta encontrarla para descubrir la riqueza que se halla en el ser humano y cómo, gracias a estos duros momentos, relucimos después con fuerza para mejorar el mundo aceptándonos, queriéndonos a nosotros mismos y ofreciendo a los demás un mundo donde la felicidad compartida prima y donde la realidad se mejora por sí sola con nuestra consciencia de un mundo mejor y nuestros pensamientos y acciones.
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