La luciérnaga aparece. Sola. Desprotegida. Casi, apagada. La luz apenas ilumina. La sombra la acecha, la encoge, la atemoriza. No quiere dormir en oscuridad, quiere mirar en blanca y alegre luz. Apenas se puede mover, apenas consigue avanzar. Sigue, sigue, y sigue. No más que soportar, es lo que hace. Así, veo venir otra. La ayuda, se van. Ahora son una pequeña bombilla, potente y alumbrante, tanto, que al fin percibo en qué lado del jardín me encuentro. Ahora estoy aquí, las dos luciérnagas se han alejado ya, y la luz desaparece brillantemente conforme yo me adentro en la habitación iluminada con la lámpara. La oscuridad permanece, pero no aquí, no con ellas, no conmigo, no con nuestro deseo de brillo.
The light cannot dissapear, only diminish
La rutina nos hace olvidar, ser inconscientes. Podemos dejar que nuestro potencial disminuya con la repetición y el aburrimiento de vivir pero, al final, nos romperemos si no aspiramos a ser nuestra mejor versión de nosotros mismos, si no seguimos nuestro camino. Nos daremos cuenta de que nuestro potencial, nuestra luz, nunca había desaparecido. Nos percataremos de que ha permanecido siempre, incluso cuando la dábamos por perdida. Basta encontrarla para descubrir la riqueza que se halla en el ser humano y cómo, gracias a estos duros momentos, relucimos después con fuerza para mejorar el mundo aceptándonos, queriéndonos a nosotros mismos y ofreciendo a los demás un mundo donde la felicidad compartida prima y donde la realidad se mejora por sí sola con nuestra consciencia de un mundo mejor y nuestros pensamientos y acciones.
Comentarios
Publicar un comentario