La luciérnaga aparece. Sola. Desprotegida. Casi, apagada. La luz apenas ilumina. La sombra la acecha, la encoge, la atemoriza. No quiere dormir en oscuridad, quiere mirar en blanca y alegre luz. Apenas se puede mover, apenas consigue avanzar. Sigue, sigue, y sigue. No más que soportar, es lo que hace. Así, veo venir otra. La ayuda, se van. Ahora son una pequeña bombilla, potente y alumbrante, tanto, que al fin percibo en qué lado del jardín me encuentro. Ahora estoy aquí, las dos luciérnagas se han alejado ya, y la luz desaparece brillantemente conforme yo me adentro en la habitación iluminada con la lámpara. La oscuridad permanece, pero no aquí, no con ellas, no conmigo, no con nuestro deseo de brillo.
¿Soporta la mente humana el caos? Nos encontramos en movimiento constante y ni somos conscientes del cambio. Nos gusta la estabilidad y la rebelión; aceptamos o negamos, en ocasiones, una realidad según nuestra concepción de la misma; tratamos de mejorar, y a veces volvemos atrás. Cuanto más nos conocemos, más conscientes somos de nuestro desconocimiento. Sí, somos complejos, ¿pero, dentro de nuestra complejidad, seríamos capaces de soportar el caos? ¿O nos destruiría? ¿Nos haría más fuertes? ¿Por qué entendemos que debe existir “un caos” y un “orden”? ¿Qué nos hace desear ese caos y orden al mismo tiempo incluso que prevalece, a veces, según individuos, uno sobre otro?
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